lunes, 17 de noviembre de 2008

Los comienzos del Imperio Nuevo

Hoy voy a postear sobre la manera de cómo el Imperio Egipcio, ya desde sus inicios, tuvo que enfrentar diversos problemas para lograr salir adelante y mantener la hegemonía que había adquirido durante el Reino Medio Egipcio, planteándose temáticas como la reforma religiosa y la legitimación del poder detentado por los faraones:

A la muerte de Amenhotep I se planteó por primera vez el delicado problema de la sucesión dinástica. En efecto, el rey no dejó heredero legítimo varón, de modo que la princesa Amosis, probablemente la hermana de Amenhotep I, transmitió sus derechos a la realeza a su esposo Tutmosis I (1506-1494). Del nuevo rey sólo sabemos que era hijo de una tal Senseneb, y que probablemente se trataba de un cuñado de Amenhotep I, suponiéndose que era miembro de una rama colateral de la dinastía reinante. En todo caso, era claro que fue la nueva reina, Amosis, quien transmitió a su esposo Tutmosis I el derecho a reinar, y éste adoptó el nombre de Tutmosis precisamente para remarcar que había sido Tot, el dios de la ley, quien le había hecho rey. Se trataba, pues, de un rey ya que no hereditario, sí legitimado. (...)
Había, pues, dos maneras de llegar a ser rey. La primera, por nacimiento, siendo entonces Amón quien daba el derecho a reinar. La segunda, por legitimación, siendo entonces el rey adoptado por Amón en virtud de la ley, es decir, de Tot.
Tutmosis I continuó activamente la política de expansión imperialista en Nubia, llegando más allá de la 3° catarata, así como en Asia donde erigió una estela frontera junto al Éufrates, tras sofocar una rebelión. Sin embargo, los egipcios no ocuparon permanentemente estas regiones asiáticas, limitándose por el momento a exigir el pago de un tributo a las poblaciones de las mismas.
A la muerte de Tutmosis I se reprodujo el problema dinástico: no existiendo un heredero legítimo varón, su hija legítima Hatshepsut se casó con su medio hermano Tutmosis II (1494-1490), hijo de Tutmosis I y de la princesa real Mutnefert. (...)
Las noticias de estas campañas bélicas han forjado, sin embargo, una imagen de faraones-militares un tanto errónea. Por lo general, las campañas militares de los primeros reyes del Imperio Nuevo se circunscriben a los primeros años de sus respectivos reinados, la mayor parte de los cuales en cambio transcurrió de forma pacífica, dedicándose los reyes eminentemente a asuntos internos. Egipto era, pues, un estado civil, en el que el ejército no era sino un instrumento al servicio del poder civil. Sin duda, la expansión y las conquistas proporcionaron a la monarquía nuevas fuentes de ingresos, que reforzaron su posición. Pero de ellas también se beneficiaría el clero de Amón, que también reforzaba la suya. (...)

La revolución amarniense

La revolución amarniense es, pues, debida a la culminación de una corriente de pensamiento llevada hasta las últimas consecuencias por Amenhotep IV, pero también al enfrentamiento abierto entre la monarquía y el poderoso clero de Amón. (...)
Al principio de su reinado Amenhotep IV se esforzó en mantenerse fiel a las formas de la tradición, como lo demuestra el nombre inicialmente adoptado así como el hecho de que se hiciese coronar en el templo de Karnak, como sus predecesores. Pronto, sin embargo, el nuevo faraón hizo construir en Tebas mismo un templo a la divinidad solar, Re-Haractes, el sol inmaterial del firmamento, al que llamaba Atón. Para ello utilizó la técnica de los talatat, piedras de pequeño tamaño que podían ser acarreadas por un solo hombre, con la consiguiente ganancia de tiempo.
Amenhotep IV se proclamó a sí mismo gran vidente, es decir, gran sacerdote de esta divinidad, y en su calidad de tal no podía aceptar la autoridad suprema del gran sacerdote de Amón, quitándole por consiguiente su poder espiritual como sumo pontífice de todos los sacerdocios de Egipto. Sin duda, ya entonces el rey quitó al gran sacerdote de Tebas también su poder temporal, al retirarle la administración de sus bienes seculares.
En el año 4 estalló definitivamente la crisis: Amenhotep IV rompió sus relaciones con el clero de Amón, abandonó Tebas fundando una nueva capital que llamó Ajetatón (en la actual Tell el-Amarna), y él mismo cambió de nombre, pasando a llamarse Ajenatón. Con él, muchos de sus funcionarios que le siguieron a su nueva capital se cambiaron asimismo el nombre, adoptando nombres atonianos que sustituyeron sus primitivos nombres tradicionales. (...)
Dios era representado por el disco –Atón-, del que salen rayos que dan vida y protección a todo lo que existe. Se le adoraba en templos a cielo abierto, que Atón visitaba naturalmente todos los días con sus rayos.
La sinceridad, la libertad, el amor a la naturaleza, la alegría de vivir, eran rasgos importantes de esta nueva religión que se tradujeron en el arte y en las letras. (...)
Los principales puntos de la doctrina amarniense tal vez puedan enumerase como sigue:
Ajenatón es el profeta de Atón, quien le revela sólo a él sus enseñanzas, para que las difunda entre los hombres. Ajenatón es, además, el hijo de Atón hecho hombre. Todas las antiguas tradiciones cosmogónicas, incluso las heliopolitanas, son negadas.
Dios es exterior y anterior al mundo: negación, por tanto, de las concepciones panteístas. Atón es dios único y universal, todo lo que existe ha sido creado por Él, todos los hombres y pueblos son iguales ante Él y todo lo que él ha creado es esencialmente bueno.
Las bases de la moral se encuentran en la verdad y en la sinceridad. La vida de ultratumba es concebida, pero sin mitología de ninguna clase.(...)


Fuente: Fragmentos tomados de Padró, J: Historia del Egipto faraónico. Alianza, Madrid, 1996. Págs. 264- 285.

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